Hace unos días activamos la acción poética de introducir postales intervenidas en libros de cualquier librería que nos saliese al paso. Empezó como un juego inclinado hacia lo comercial aun siendo muy conscientes de la escasa potencia del mismo. El marketing directo nos genera suficiente desconfianza como para que nuestros gestos en esa dirección acaben transfigurados en iniciativa poética. Así pasó. Profundizando en la acción hallamos paz y sentido en el sinsentido mismo. Lo que empezaron siendo simples tarjetas de visita tamponadas y dejadas en cualquier libro al azar, ha acabado siendo un acto de amor. Ahora intervenimos las tarjetas sumidas en el estado de concentración que nos proporciona dicha aunque el resultado sea un desastre compositivo para ciertos ojos o cierta sensibilidad. Nos da lo mismo. La entrega tiene el valor de sí misma. Antes o durante encontramos el libro y la página que acogerá nuestra postal como acoge la abuela a la nieta: haciendo un gran match. El libro como ‘site specific’ para una obra de arte postal… En el medio sucede un doble diálogo: con el libro y con el futuro lector o lectora. Mientras dejamos clandestinamente las postales, sucede la performance. ¿Nos ha descubierto la librera? ¿Espiamos al comprador? ¿Quién encontrará lo que hacemos? Misterio. El gesto se sostiene a sí mismo cuando no espera nada más. ¡Qué fácil y al alcance de cualquier mano! Hacemos sin nada esperar a cambio
Ahora bien, en el hipotético caso de que encuentres una de nuestras postales ¿documentas el hallazgo? ¿nos lo dejas saber?








*Algunas imágenes del proceso.
